Itziar Atienza, la libertad de llegar a ser ella misma: de Derecho a Amanda en Entrevías

ENTREVISTA EXCLUSIVA BGTALKS

Antes de incorporarse al reparto de Sueños de libertad, Itziar Atienza habló con BGTalks sobre sus raíces, la crisis que la obligó a detenerse, el valor de cambiar de vida y el trabajo con el que dio verdad a Amanda en Entrevías y a Candela en Las largas sombras. De la conversación emerge el retrato de una mujer capaz de reunir disciplina e instinto, fuerza y sensibilidad, la madurez conquistada con los años y esa niña que sigue recordándole la importancia de sentirse libre.

Esta entrevista se realizó antes de la incorporación de Itziar Atienza a Sueños de libertad y hoy se recupera en una versión completamente reelaborada y ampliada.

¡La entrevista completa está disponible en YouTube y Spotify!

Hay entrevistas que terminan cuando se apaga la cámara y otras que continúan trabajando dentro de quien las ha realizado. La conversación con Itziar Atienza pertenece a la segunda categoría, no solo por lo que cuenta sobre la interpretación, Entrevías o Las largas sombras, sino por la generosidad con la que acepta recorrer los lugares más delicados de su historia: la infancia, el camino que emprendió sin sentirlo verdaderamente suyo, la ansiedad, la terapia y el momento en el que finalmente consiguió pronunciar el deseo que había guardado durante años.

Durante nuestro encuentro, la sensación más intensa fue la de tener delante a una mujer capaz de mirar su propia historia con lucidez, sin ocultar sus fragilidades y conservando, al mismo tiempo, una parte instintiva, juguetona y libre. El público internacional la ha conocido sobre todo como Amanda Martos, la inspectora de Entrevías capaz de imponerse en un universo dominado por los hombres, la violencia y los conflictos; pero antes de Amanda hubo una mujer que tuvo que reconocer que estaba viviendo una vida que no le pertenecía y empezar de nuevo cuando la dirección parecía ya marcada. La suya no es la historia tranquilizadora de una vocación reconocida desde el principio, sino la más compleja y quizá más universal de quien llega hasta su verdadero deseo después de haber recorrido durante mucho tiempo otro camino.

Las raíces, la libertad y la niña tímida

Itziar nace en Madrid, hija de padres madrileños, pero crece en Galdakao, en Bizkaia, adonde la familia se traslada cuando ella todavía es muy pequeña. En su historia confluyen varias pertenencias: Madrid, el País Vasco y también una raíz andaluza heredada de su madre, que había pasado en Andalucía parte de su infancia. Itziar no percibe estos orígenes como identidades en conflicto, sino como elementos que se completan y la enriquecen: se siente profundamente vasca y, al mismo tiempo, lleva con orgullo sus raíces, reconociendo lo valioso que puede ser construirse a través de lugares, culturas y memorias diferentes.

Galdakao sigue apareciéndole como un reflejo de esta mezcla: un municipio ligado al euskera, a las fiestas populares y a sus tradiciones, pero marcado también por las migraciones internas que llevaron hasta allí a familias procedentes de Andalucía, Extremadura y otras regiones españolas. Muy cerca, la Bilbao de sus recuerdos infantiles era industrial, oscura y atravesada por una intensa vitalidad social; Itziar la ha visto transformarse y abrirse al exterior sin perder por completo su carácter. Cambiar, parece sugerir su relato, no significa necesariamente traicionar el lugar del que procedemos.

De niña se describe como tímida, sensible, alegre y muy libre. Pasaba las tardes en la calle con su hermana, apenas once meses mayor, en una época en la que salían del colegio, cogían un bocadillo y jugaban fuera durante horas. Sus padres les concedían una autonomía que hoy podría parecer casi impensable: cuando Itziar tenía doce años y su hermana trece, podían incluso quedarse solas durante un fin de semana. No era desinterés, sino confianza; las dos habían aprendido a ser responsables precisamente porque las consideraban capaces de utilizar bien el espacio que se les concedía.

Para Itziar, la libertad nunca ha sido lo contrario de la responsabilidad, sino la posibilidad de hacerse responsable de su propia vida. Sin embargo, cuando llegó el momento de decidir qué hacer con ella, aquella niña sensible todavía no poseía las herramientas necesarias para reconocer plenamente su camino. En alguna pequeña representación escolar había sentido surgir una energía diferente, algo vibrante que permitía que su timidez se transformara y encontrara un cauce, pero aquella sensación permaneció durante mucho tiempo confinada en el territorio de las posibilidades que no parecen lo bastante concretas como para convertirse en un proyecto.

La vida correcta que no conseguía sentir como propia

Itziar era una estudiante brillante. Su padre, que había estudiado Derecho, veía en ella un fuerte sentido de la justicia y pensaba que llegaría a ser una excelente abogada. También por su influencia eligió Derecho; sin embargo, en la lista de carreras había colocado inmediatamente después Bellas Artes, una posibilidad muy diferente en la que ya se intuía un deseo artístico que entonces todavía no conseguía afrontar abiertamente.

Una vez iniciada la universidad, Itziar decidió terminar la carrera. Estudió con dedicación, trató de conseguir buenos resultados e intentó imaginarse en el futuro, pensando que quizá podría ejercer la profesión de una manera más cercana a ella, trabajando para una organización no gubernamental o colaborando en América Latina. Después de licenciarse, surgió la posibilidad de obtener una beca como traductora del euskera al castellano y viceversa: Itziar reconoce que, en aquel momento, estaba buscando «vías de escape» de un futuro que no conseguía ver con claridad. Trabajó durante dos años con aquella beca y, al mismo tiempo, siguió el recorrido necesario para convertirse en abogada; en total, dedicó aproximadamente siete años a la formación jurídica, antes de continuar trabajando durante algún tiempo como traductora. Al acercarse a los veintinueve años, comprendió, sin embargo, que la dirección en la que estaba conduciendo su vida no era la que verdaderamente deseaba.

«Estaba viviendo una vida y llevándola en una dirección que no era en absoluto la que yo quería».

La crisis se manifestó a través de un fuerte desequilibrio y de repetidos episodios de ansiedad. El primero tuvo lugar en Italia, una experiencia que Itziar recuerda como terrible, pero que reconoce también como el impulso necesario para comenzar a ocuparse de sí misma:

«Fue algo que me empujó a afrontar lo que no estaba queriendo mirar».

Inició entonces un largo recorrido de terapia y psicoanálisis con una psiquiatra que se convertiría en una figura fundamental en su vida. Sesión tras sesión, comenzó a preguntarse no solo qué era lo que la hacía sufrir, sino también qué deseaba realmente, hasta el día en el que por fin consiguió pronunciarlo.

«Yo siempre he querido ser actriz».

Itziar se había imaginado como actriz desde que era niña, pero aquel deseo le parecía tan improbable que nunca había llegado a convertirse en una posibilidad concreta. Decirlo en voz alta tuvo la fuerza de un acto de realidad:

«Poner las cosas en palabras es importantísimo. Cuando les das un nombre, se convierten en realidad».

A partir de ese momento comenzó a construir lo que ella llama puentes: buscar una escuela, entrar en un laboratorio de arte dramático, estudiar, exponerse y aceptar empezar de nuevo sin ninguna garantía.

Lo suyo no fue un gesto impulsivo contra su vida anterior, sino un lento acercamiento a la vida que finalmente había reconocido como propia. Cuando entró por primera vez en una escuela de interpretación, comprendió que aquella sensación experimentada en los pequeños espectáculos de su infancia no había desaparecido. Al contarlo, su voz conserva todavía la emoción de quien recuerda el instante exacto en el que encontró algo que la concernía por completo.

La familia, a pesar de la incertidumbre de una profesión artística y de la seguridad del trabajo que estaba dejando atrás, no se opuso. Sus padres habían visto la crisis y comprendieron que su hija no estaba simplemente abandonando una estabilidad, sino intentando reencontrarse consigo misma. Su madre, cuando llegan los rechazos o el trabajo se vuelve más incierto, todavía le dice: «Qué profesión tan difícil has elegido, hija mía». Es la preocupación afectuosa de quien conoce el precio de aquella decisión, no el arrepentimiento por haberla apoyado.

De la comedia a los personajes que parecen no poder derrumbarse

La carrera de Itziar Atienza comienza en la comedia televisiva vasca, sobre todo a través de Vaya semanita, una experiencia construida sobre sketches, personajes siempre diferentes, rapidez e improvisación. Es un origen que podría sorprender a quienes la han conocido a través de los papeles dramáticos de los últimos años, a menudo mujeres con autoridad, contenidas y situadas en posiciones de responsabilidad. Sin embargo, detrás de esta aparente distancia, la comedia continúa siendo una parte importante de su forma de trabajar: la escucha, el ritmo, la capacidad de reaccionar ante lo imprevisto y de encontrar una grieta de humor incluso dentro de una situación dramática.

El teatro le enseñó otra forma de escucha. Recuerda con especial cariño los meses pasados en el Teatro Alcázar de Madrid con El Test, ante una sala llena y un público que a menudo esperaba a los actores a la salida. Para Itziar, el escenario obliga a percibir en tiempo real lo que está sucediendo entre la escena y el patio de butacas: en una comedia, la risa revela inmediatamente si la energía está circulando, mientras que en un texto dramático es necesario aprender a captar vibraciones más sutiles. Es un entrenamiento que mantiene al intérprete despierto, presente y vulnerable ante lo que ocurre.

Con los años, sin embargo, el público ha terminado identificándola sobre todo con mujeres fuertes, competentes, capaces de ejercer la autoridad y de soportar el peso de los demás. Bajo esa solidez casi siempre se esconde una fractura: un secreto, un amor no resuelto, un trauma, una parte de sí mismas que no puede permanecer eternamente bajo control. Itziar no interpreta la fuerza como ausencia de fragilidad, sino como la capacidad de permanecer dentro de las cosas incluso cuando el equilibrio corre el riesgo de romperse. Es lo que sucede con Amanda Martos en Entrevías y, de una manera muy diferente, con Candela en Las largas sombras.

Entrevías: un barrio en movimiento y un hombre que no quiere cambiar

Para Itziar, Entrevías es ante todo la historia de un hombre que intenta permanecer inmóvil mientras el mundo cambia a su alrededor. Tirso Abantos, interpretado por José Coronado, observa cómo se transforma su barrio y afronta la complejidad con las certezas del pasado y, cuando lo considera necesario, con dos pistolas. Percibe el cambio como una amenaza, hasta que el amor por su nieta Irene comienza lentamente a resquebrajar su muralla.

Amanda llega al barrio llevando consigo otra forma de misterio. Es rigurosa, cree en la justicia y en el respeto de las normas, pero debe enfrentarse continuamente a dos hombres que actúan fuera de ellas: Tirso, convencido de que puede tomarse la justicia por su mano, y Ezequiel, el policía ambiguo e imprevisible interpretado por Luis Zahera. Con ambos construye relaciones marcadas por los conflictos, los acercamientos, las decepciones y una forma de afecto que emerge precisamente cuando sus diferencias parecen irreconciliables.

Amanda entra así en una narración dominada por los hombres sin quedar reducida a una mujer que intenta parecerse a ellos. Su autoridad no anula la vulnerabilidad, su firmeza no la vuelve impermeable a los vínculos y su necesidad de respetar las normas no le impide encariñarse profundamente con personas que continúan quebrantándolas. El personaje, inicialmente más contenido y misterioso, crece junto a la serie, que no había sido concebida desde el principio para desarrollarse a lo largo de cuatro temporadas. Para Itziar, poder acompañar ese crecimiento fue un privilegio: Amanda no se explica por completo desde el principio, sino que se revela a través del trabajo, las decisiones, las relaciones con Ezequiel y Tirso y, posteriormente, a través del amor por Jimena.

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Amanda y Jimena: un amor que no define, sino que revela

María Molins e Itziar Atienza en Entrevías – Telecinco, Netflix

Durante la primera temporada de Entrevías no se hace ninguna referencia a la orientación sexual de Amanda. Cuando el rodaje ya ha terminado y el reparto se reúne para ver el primer episodio, el creador y showrunner David Bermejo se acerca a Itziar, le pone las manos sobre los hombros y le comunica que Amanda y Jimena, interpretada por María Molins, tendrán una historia de amor. Después añade: «Amanda es lesbiana». Itziar recibe la noticia con naturalidad y entusiasmo, feliz ante la posibilidad de explorar junto a María un terreno narrativo que hasta ese momento todavía no había existido.

Lo que valora especialmente es que la sexualidad no se utilizara para presentar o definir a Amanda. El público ya conocía su carácter, su trabajo, su sentido de la justicia y su relación con los demás personajes; el amor por Jimena no llega para convertirla en otra persona, sino para revelar una parte de la mujer que siempre había sido. Amanda no está construida alrededor de una etiqueta: es un personaje completo que, entre las muchas dimensiones de su vida, ama a otra mujer.

Para Itziar y María, la relación representa también la posibilidad de dar espacio a dos personajes femeninos dentro de una historia poblada principalmente por hombres. La actriz menciona el test de Bechdel y observa que, todavía con demasiada frecuencia, las mujeres en la ficción tienen pocas oportunidades de encontrarse, confrontarse y construir una relación sin que un hombre sea el centro de la conversación. Amanda y Jimena se convierten para ellas en «un tesoro» y «un terreno maravilloso que explorar», además de brindarles la oportunidad de representar el amor entre dos mujeres en una serie destinada a alcanzar a un público internacional.

Esta oportunidad implica además una responsabilidad: evitar los clichés, no caer en los estereotipos y construir algo que nazca de la verdad de los personajes. Pero para Itziar el punto de partida del trabajo no cambia:

«Para mí, representar el amor debe ser independiente de la persona que tienes delante. No es el sexo de esa persona lo que determina cómo representas el amor».

Jimena vive un conflicto más difícil con su sexualidad y debe enfrentarse a un padre que inicialmente no consigue aceptarla; Amanda, en cambio, parece haber integrado plenamente esa parte de sí misma. No sabemos qué camino ha recorrido, pero la encontramos en un momento de su vida en el que ya no pide permiso para ser quien es y puede convertirse en un apoyo para Jimena, sin sustituirla ni decidir en su lugar.

El recorrido complementario de Jimena y el significado humano de su relación aparecen también en la entrevista exclusiva de BGTalks a María Molins, en la que la actriz habla sobre el personaje, la libertad de reconocerse y la forma en que esta historia entró en la vida del público. Itziar y María buscan la verdad más que el símbolo: Amanda y Jimena no son una relación construida para representar un tema, sino dos mujeres adultas con familias, responsabilidades, errores, deseos y miedos.

La escena de la comisaría y la libertad de vivir el momento

Entre las secuencias más queridas por el público se encuentra aquella en la que Amanda debe fingir que reprende a Jimena delante de sus compañeros. Fuera del despacho, la comisaria debe parecer furiosa; dentro, entre las dos mujeres, ocurre algo muy diferente. Amanda avisa a Jimena de que va a golpear la mesa, levanta la voz y construye una puesta en escena en la que la autoridad, el humor, el deseo y la intimidad conviven en un mismo momento.

Cuando Itziar y María leyeron la secuencia, reconocieron inmediatamente su fuerza. También el resto del equipo percibió que aquellas páginas contenían algo especial: el creador, sus compañeros y las personas del equipo hablaban continuamente con ellas sobre la escena, aumentando la expectación antes del rodaje. Para las dos actrices fue un desafío emocional y técnico, porque Itziar tenía que golpear la mesa en el mismo punto, lanzar los papeles manteniendo la continuidad, controlar las miradas y repetir los movimientos con precisión para que los diferentes planos pudieran montarse sin perder coherencia.

Pero toda aquella preparación debía desaparecer en el momento de actuar.

«Primero intento entender con la cabeza cómo tiene que ser, pero cuando actúo tengo que quitar la cabeza y vivir la situación».

La técnica prepara el terreno; la verdad llega cuando el intérprete consigue dejar de controlarlo todo y comienza realmente a habitar la escena.

El resultado hace que Amanda sea al mismo tiempo intimidante y sensual. Cuando durante la entrevista le señalo esa doble fuerza, Itziar sonríe y responde: «No lo sé, Bárbara. A veces haces las cosas y no sabes muy bien cómo». La secuencia se convirtió en una de las más recordadas de la serie y, según le contaron, durante la proyección del episodio en el festival de televisión de Vitoria el público comenzó a aplaudir cuando terminó. Itziar la considera tan significativa que la incluyó en su videobook.

En Entrevías también encuentra espacio su formación cómica, sobre todo en la relación con Luis Zahera, a quien define como «un genio loco», un actor completamente presente, generoso e imprevisible. La improvisación y los continuos cambios la obligan a permanecer viva, sin refugiarse en un camino previamente establecido: «A veces también te dan ganas de matarlo un poco. Te quiero, Luis, pero algunas veces te quiero matar». Lo dice riéndose, antes de reconocer cuánto aprendió trabajando con él.

Candela y Rita: cuando el amor permanece, pero el tiempo no vuelve atrás

Itziar Atienza y Elena Anaya en Las largas sombras – Disney+

Si Amanda vive su identidad desde un lugar de conciencia e integración, Candela, en Las largas sombras, representa otra forma de libertad. De joven, Candela conoce claramente su sexualidad y posee el valor suficiente para no permitir que la sociedad la destruya; Rita, su gran amor, no consigue enfrentarse a su madre, al contexto y al miedo de mostrarse tal y como es. No logra decirlo, no consigue quedarse y decide marcharse, dejando a Candela sin una verdadera explicación.

Veinticinco años después, el regreso de Rita vuelve a abrir todo lo que parecía enterrado. Candela había construido una muralla para convencerse de que aquella historia pertenecía definitivamente al pasado y de que su vida ya estaba completa, pero volver a ver a la persona amada derrumba todo intento de contención: emergen la rabia, el reproche, la frustración, aquello que nunca había sido dicho y, en medio de todo, un amor que no ha desaparecido.

La preparación de Las largas sombras concedió a las actrices un tiempo poco habitual en la producción televisiva. Antes del rodaje trabajaron durante mucho tiempo con la directora Clara Roquet y con sus compañeras, a través de conversaciones e improvisaciones que les permitieran reconstruir las motivaciones, la historia personal y las heridas de los personajes. Itziar cuenta lo emocionante que resultó preguntarse qué significa perder un amor auténtico, no porque haya terminado, sino porque una de las dos personas no consiguió afrontar su propia identidad.

Cuando Rita propone a Candela intentarlo de nuevo, la respuesta es un rechazo. No porque el amor ya no exista, sino porque Candela comprende que intentar reproducir lo que habían sido podría acabar destruyendo incluso la belleza del recuerdo. Itziar interpreta esta renuncia como un acto de enorme valentía y sabiduría: algo puede haber sido extraordinario sin que pueda volver a vivirse de la misma manera. Candela sana no porque recupere la posibilidad de regresar al pasado, sino porque finalmente reconoce que aquel pasado existió, fue verdadero y puede permanecer en el lugar en el que tuvo sentido.

La escena del bar concede a las dos mujeres una última libertad. Beben, se ríen y vuelven durante unas horas a ser las chicas de dieciocho años que fueron; los personajes adultos parecen transformarse en sus versiones más jóvenes, permitiéndose reabrir esa parte de sí mismas antes de comprender que ya no son las mismas personas. Para Itziar, este trabajo significó también entrar en contacto con zonas de sí misma que sentía menos presentes, abrir simbólicamente una pequeña caja y reconocer que dentro de la mujer adulta continúa viviendo la joven que fue.

Los referentes y la niña que sigue viviendo dentro de ella

La reflexión sobre Amanda, Jimena, Candela y Rita conduce inevitablemente al valor de los referentes. Itziar sabe que una actriz o un personaje pueden llegar a ser importantes para chicas muy jóvenes que están reconociendo su propia identidad o buscando el valor necesario para contarla. Un referente puede hacer visible una posibilidad, ayudar a alguien a sentirse menos solo y permitirle imaginarse en un lugar que hasta ese momento parecía inalcanzable; al mismo tiempo, invita a elegir con cuidado a las personas a las que confiamos ese papel, recordando que detrás de un personaje siempre existe una construcción y que una intérprete no coincide por completo con aquello que representa.

Comprende la importancia de los referentes también a través de su propia historia. Cuando decidió convertirse en actriz, no tenía cerca a personas que hubieran tomado una decisión similar, abandonando un camino estable para dedicarse a una profesión artística.

«Probablemente, si hubiera tenido un referente, habría visto esa posibilidad como algo más real. Quizá habría dado el salto antes o de una manera menos traumática».

Hoy es ella, sin haberlo planeado, quien ocupa para otras personas el lugar del referente que le había faltado.

Sin embargo, un referente artístico sí había habitado su infancia: Raffaella Carrà. Itziar recuerda haberla visto en la televisión española, rodeada de invitados, con el teléfono mediante el que llamaba a la gente a sus casas y protagonizando grandes números junto a los bailarines. La adoraba y la percibía como una mujer capaz de despertar el deseo de formar parte del mundo artístico: fuerte, carismática, generosa y divertida, una figura femenina diferente de muchos otros modelos de la época. La define como «una estrella brillante» y reconoce que aquella presencia ya había mostrado a la niña tímida la posibilidad de ocupar el centro del escenario sin renunciar a su fuerza ni a su alegría.

Cuando, hablando de Candela, le pregunto si la pequeña Itziar continúa viviendo dentro de ella, la pregunta la emociona. La describe como era: tímida y muy sensible. En ocasiones, la mujer adulta todavía intenta decirle que algo no debería dolerle, que no debería afectarla tan profundamente; después comprende que negar lo que siente no sirve para protegerla.

«Si le duele, ¿qué podemos hacer? Hay que acunarla y decirle: te está doliendo, te está tocando, pero no pasa nada».

Esa niña aparece también en la manera en la que Itziar vive el presente: le gusta jugar, bromear, reírse, cambiar de planes siguiendo lo que siente y no organizar cada momento con demasiada antelación. No vive esta espontaneidad como lo contrario de la madurez, sino como una parte de sí misma que continúa reconociendo y acogiendo.

La sonrisa que no esconde el llanto

Itziar Atienza en Entrevías – Telecinco y Netflix

Durante la conversación le digo que su forma de sonreír y de reírse tiene la capacidad de hacer sentir bien a quienes están a su lado. Itziar se sorprende, lo agradece y reconoce que sonríe mucho, casi como si fuera verdaderamente consciente de ello por primera vez en ese momento.

«Me hace sonreír sentirme bien, sentirme en paz, estar cerca de las personas que quiero y saber que están bien».

Después añade la libertad de hacer lo que desea, la naturaleza, el tiempo compartido con sus amigas y esa sensación elemental y profundísima que engloba todas las demás:

«Sentirme viva me hace sonreír mucho».

Inmediatamente después añade que muchas veces también llora y que no hay nada malo en ello: «También está muy bien». La sonrisa no borra, por tanto, aquello que duele, y el llanto no contradice su luz; en sus palabras, ambos pertenecen a la misma libertad de sentirse viva.

La libertad de llegar a ser ella misma

Itziar Atienza no construye una fábula sobre el valor. Su historia dice que se puede ser brillante, responsable, sentirse querido y aparentemente a salvo y, sin embargo, avanzar en una dirección que no nos pertenece; reconocerlo puede exigir tiempo, una crisis, un proceso terapéutico y la disposición de comenzar de nuevo sin garantías.

Quizá por eso Amanda y Candela, aun siendo tan diferentes, parecen encontrarse con ella en un lugar profundo: ambas parecen sólidas, pero no pueden sustraerse a la verdad de lo que sienten. Amanda no permite que su orientación la reduzca a una etiqueta; Candela no deja que el regreso del amor borre a la mujer en la que se ha convertido. La libertad, en la historia de Itziar, no es la ausencia de miedo, sino el momento en el que encontramos las palabras para reconocer lo que deseamos y comenzamos, puente a puente, a caminar en su dirección.

Quizá todo estuviera ya contenido en la frase pronunciada durante la terapia:

«Yo siempre he querido ser actriz».

No era demasiado tarde. Era el momento en el que finalmente había aprendido a escucharse.

La entrevista de Itziar Atienza también está disponible en el canal de Spotify de BGTalks.

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