María Molins, el arte de conocerse a una misma a través de los demás
Actriz, madre e intérprete de uno de los personajes más intensos de Entrevías, María Molins conversa con BGTalks sobre el camino que la llevó de la danza a la interpretación, el valor de la representación y el largo viaje que le enseñó a reconciliarse consigo misma. Porque, igual que Jimena, también ella descubrió que la libertad comienza cuando dejamos de vivir la vida que los demás esperan de nosotros.
La entrevista completa está disponible en YouTube y Spotify.
Toda entrevista nace de la preparación, el estudio y una lista de preguntas. Pero las conversaciones más bonitas son aquellas que, una vez empiezan, cobran vida propia: cambian de dirección, abren reflexiones inesperadas y nos llevan mucho más lejos de lo que habíamos imaginado.
Eso fue exactamente lo que ocurrió con María Molins. Por ambas partes existía la voluntad de escuchar, reflexionar y compartir algo de nosotras mismas. Y cuando una entrevista se convierte en un intercambio tan auténtico, el resultado solo puede ser extraordinario.
Cuando la ficción se encuentra con la verdad

Hay artistas que interpretan a un personaje y artistas que, a través de cada personaje, parecen buscar una respuesta. María Molins pertenece sin duda a la segunda categoría. Al escucharla hablar, se tiene la impresión de que la interpretación nunca ha sido únicamente una profesión, sino una herramienta para comprender mejor al ser humano, explorar sus contradicciones, aceptar sus fragilidades y, sobre todo, aprender a mirar dentro de sí misma. Es una sensación que acompaña toda la conversación y que termina inevitablemente por superar los límites de Entrevías, la serie que en los últimos años la ha dado a conocer al gran público internacional.
Nuestra entrevista nace también de un artículo. Algunas semanas antes, BGTalks había dedicado un amplio análisis a Entrevías, eligiendo leerla no solo como un gran éxito televisivo, sino como una producción especialmente significativa dentro del panorama español de los últimos años por la forma en que aborda temas como la inclusión, la diversidad, la inmigración, los prejuicios y la posibilidad de cambiar. Al comienzo de la conversación, María nos cuenta que aquel artículo fue compartido y comentado en el grupo que reúne al reparto y al equipo creativo de la serie, recibiendo una valoración especialmente positiva por parte de ella y de Itziar Atienza. Es un reconocimiento que nos llena de orgullo, porque confirma que es posible hacer un periodismo cultural capaz de ir más allá de la crónica de una serie televisiva y captar su significado más profundo.
No sorprende, por tanto, que desde los primeros minutos la entrevista tome una dirección distinta de la que cabría esperar. Hablamos de Entrevías, naturalmente, pero también de responsabilidad social, maternidad, vocación, teatro, miedos, identidad y de esa parte más auténtica de nosotros que con demasiada frecuencia aprendemos a ocultar para responder a las expectativas de los demás. María Molins no tiene miedo de utilizar su voz y su popularidad para defender las causas en las que cree, del mismo modo que nunca ofrece respuestas prefabricadas o superficiales. Reflexiona, se detiene, vuelve sobre sus recuerdos y deja aflorar una idea que parece atravesar toda su vida y toda su carrera. Las emociones representan el lenguaje más universal que poseemos y el arte, antes incluso de entretener, puede enseñarnos algo sobre nosotros mismos y sobre las personas que tenemos delante. «Las emociones son un lenguaje universal», nos dice en un momento de la conversación. Una frase que, al releer la entrevista, termina convirtiéndose en la clave para comprender todo lo demás.
La niña que buscaba una forma de expresarse
Mucho antes de que llegaran el teatro, el cine o la televisión, en la vida de María Molins ya existía una necesidad difícil de nombrar: transformar lo que sentía en algo visible. Su infancia está ligada a una casa en la que el arte formaba parte de la vida cotidiana, con una madre pintora, capaz de reconocer muy pronto su sensibilidad, y un padre que tocaba un piano de media cola bajo el que a ella le encantaba jugar, dejándose envolver por la música. María recuerda a una niña feliz, curiosa, inclinada a la fantasía, capaz de perderse en sus pensamientos incluso cuando la escuela exigía disciplina y conformidad; una niña a la que le gustaba dibujar, inventar historias y observar el mundo, pero que todavía no sabía qué lenguaje elegiría para liberar lo que sentía en su interior.
El primer recuerdo artístico realmente nítido se remonta a cuando apenas tenía tres años. Era el primer día del año y la televisión española emitía El lago de los cisnes. María recuerda al cisne solitario, los cuerpos de los demás bailarines, la música y, sobre todo, la emoción de encontrarse ante algo tan hermoso que la impulsó a levantar los brazos e intentar reproducir sus movimientos. Su madre comprendió que no se trataba simplemente de un juego y la matriculó en una escuela de danza dirigida por una bailarina que, según recuerda María, había trabajado en la Ópera de París; era tan pequeña que aún no llegaba a la barra, pero ya tenía sus primeras zapatillas y una certeza que la acompañaría durante años: quería convertirse en bailarina profesional.
En María Molins la vocación nace antes que las palabras, como un impulso del cuerpo y una necesidad de expresarse que la niña todavía no sabe explicar, pero reconoce inmediatamente. La danza se convierte así en el lugar donde esa energía puede por fin tomar forma, pero también en una disciplina severa, hecha de repeticiones, esfuerzo y control, que le enseña muy pronto cuánto puede exigir un sueño en términos de dedicación y resistencia.
Cuando la danza se interrumpe y la vocación cambia de forma
Durante muchos años María imagina su futuro dentro de una sala de danza, hasta que una lesión en la pierna interrumpe bruscamente el camino que había emprendido en el Institut del Teatre de Barcelona. La herida no afecta únicamente al cuerpo, porque junto con la posibilidad de seguir bailando parece desvanecerse también la identidad que había construido desde la infancia. Ya había dejado Bellas Artes al darse cuenta de que la pintura, aunque la amaba, no era su camino; ahora también la danza parecía alejarse, dejándola por primera vez sin una dirección y con la sensación de que ya no existía un lugar donde situar su deseo artístico.
Es en ese momento de desconcierto cuando alguien le sugiere probar con la interpretación. Su reacción inicial revela hasta qué punto aquella posibilidad le resultaba ajena: «¿Yo hablar? No, yo bailo». Sin embargo, acepta presentarse a las pruebas, afronta una semana de exámenes y es admitida. Solo más tarde comprenderá que la interpretación no era un recurso nacido de la renuncia forzada a otro sueño, sino una vocación que había permanecido oculta, preparada para emerger en el momento en que la vida la obligó a imaginarse de otra manera. «Era mi vocación sin que yo lo supiera», cuenta hoy, dando a aquella ruptura un significado que entonces no habría podido ver.
La historia de María Molins no es la de un sueño abandonado, sino la de una vocación que cambia de lenguaje sin perder su origen. La bailarina no desaparece cuando nace la actriz: permanece en la relación con el cuerpo, en la disciplina, en la escucha y en la capacidad de habitar una emoción antes incluso de traducirla en palabras. También el trabajo sobre la voz, que impacta tanto al escucharla, nace del encuentro entre una cualidad natural y años de formación técnica, entre dicción, canto y estudio de los resonadores; el timbre, observa María, sigue siendo algo irrepetible, «como el color de los ojos, de la piel o aquello que llevamos dentro», pero la técnica permite transformarlo en un instrumento consciente.
Vivir muchas vidas para comprender mejor la propia
Al hablar del oficio de actriz, María Molins no insiste en el atractivo de la visibilidad ni en la excepcionalidad del escenario, sino en la posibilidad de atravesar existencias alejadas de la propia. Se define como un recipiente en el que los personajes entran llevando consigo mundos, profesiones, soledades, miedos y contradicciones que de otro modo le serían desconocidos. Preparar un papel significa observar cómo camina una abogada, cómo habla durante un juicio, cómo habita el silencio una persona aislada o qué herida puede ocultarse detrás del egoísmo e incluso de la crueldad. No le interesa absolver cada comportamiento, sino comprender su origen, porque también las partes más oscuras del ser humano adquieren un significado cuando intentamos mirarlas desde dentro.
De esta convicción nace su invitación a hacer teatro, dirigida no solo a quienes sueñan con convertirse en profesionales, sino a niños, adolescentes y adultos. Para María, el teatro debería formar parte de las escuelas como una asignatura fundamental, porque obliga a observar a los demás, a salir del recinto de las propias costumbres y a enfrentarse a formas distintas de pensar y de vivir. «Los actores somos como los gatos, tenemos varias vidas», dice, explicando que interpretar personajes alejados de sí misma ha modificado opiniones que antes consideraba rígidas y le ha enseñado que existen muchas más perspectivas de las que ofrece la experiencia personal.
Su reflexión sobre los adolescentes es especialmente intensa: precisamente en una edad en la que uno se siente perdido, el teatro puede ayudar a reconocer ese desconcierto y transformarlo en una posibilidad de conocimiento. «Perderse es maravilloso, porque es una oportunidad para encontrarse», afirma, sin ocultar, no obstante, la dureza del oficio cuando la pasión se convierte en profesión. Se necesitan vocación, capacidad para convivir con la inestabilidad y una gran tolerancia a la frustración, porque toda actriz y todo actor deben aprender a recibir muchos rechazos sin permitir que estos definan su valor.
«Un no no significa que valgas menos ni te define: solo significa que no eras la persona adecuada para ese lugar. Encontrarás tu espacio en otro sitio». Es una frase que contiene toda la lucidez con la que María observa su profesión, sin idealizarla y sin renunciar a la pasión que la sostuvo en los momentos de mayor precariedad.
Su carrera, de hecho, no está construida sobre un éxito repentino, sino sobre una continuidad obstinada. En los periodos en los que el trabajo como actriz se detuvo, dio clases de teatro, desempeñó tareas de producción y continuó trabajando durante cinco años en la escritura de un espectáculo que más tarde llegaría a ser finalista de los Premios Max. «Cuando tienes talento y vocación, no debes dejar que mueran», explica, contando sin retórica la necesidad de afrontar los gastos, la ansiedad de la inestabilidad y el valor de llamar por teléfono para admitir que no tenía trabajo y pedir una nueva oportunidad.
A los cincuenta, el momento adecuado para interpretar
Esta conciencia le permite abordar con especial claridad también el tema de la edad y del espacio reservado a las mujeres en la industria audiovisual. Los papeles masculinos siguen siendo más numerosos y el envejecimiento, observa, no pesa del mismo modo sobre la carrera de los hombres y la de las mujeres. Un actor puede continuar siendo protagonista mientras los personajes femeninos tienden a reducirse precisamente cuando las intérpretes han adquirido más experiencia, seguridad y conocimiento de su instrumento.
María rechaza, sin embargo, el relato según el cual la carrera de una actriz deba apagarse inevitablemente después de cierta edad. Cuando era joven le dijeron que a los treinta años se acabarían las oportunidades cinematográficas; ella recuerda, en cambio, haber vivido precisamente después de los treinta y seis una etapa importante de su trayectoria en el cine, llegando incluso a recibir reconocimientos. Hoy, superados los cincuenta, siente que se encuentra en el momento profesional más adecuado para afrontar personajes complejos: conoce sus puntos fuertes y sus fragilidades, ha trabajado lo suficiente como para no tener que demostrarse a sí misma que merece su lugar y mira con confianza los papeles interesantes que continúan llegando, aun sabiendo que el cambio sigue siendo incompleto.
«A los cincuenta me siento mucho más segura, conozco mis puntos débiles y mis puntos fuertes y creo que estoy en el momento adecuado para interpretar». En sus palabras no hay necesidad de una reivindicación agresiva, sino la certeza de una mujer que ha aprendido a reconocer su propio valor independientemente del tiempo que la sociedad necesite para reconocerlo.
El Premio Gaudí, la maternidad y la lección más importante

Uno de los momentos en los que la carrera y la vida personal se entrelazan de manera casi simbólica es el Premio Gaudí obtenido por El bosc. María había esperado durante mucho tiempo la maternidad y precisamente durante el rodaje de aquella película, en la que interpretaba a un personaje llamado Dora, se quedó embarazadade la hija a la que daría el mismo nombre. Cuando subió al escenario para recoger el reconocimiento ya estaba cerca del parto, y por eso el recuerdo de aquella noche permanece vinculado menos al premio que a la presencia de la niña que llevaba dentro.
Fue un año que define como mágico, marcado por un papel importante, por un personaje que sentía profundamente y por la sensación de que dos deseos perseguidos durante mucho tiempo habían elegido el mismo momento para hacerse realidad. Los premios, observa, ofrecen visibilidad y pueden modificar la mirada de la industria, pero nada podía compararse con la conciencia de estar a punto de convertirse en madre. Aquella experiencia transformaría no solo su vida, sino también su manera de mirar a los personajes, los errores y las imperfecciones de los seres humanos.
A su hija Dora ha intentado transmitirle la importancia del amor hacia una misma, una lección que ella tuvo que aprender lentamente a través del trabajo, de los personajes y de un camino personal de conocimiento. A menudo le pregunta quién es la persona que más la quiere en el mundo y Dora responde: «Yo, mamá». No es un ejercicio de egoísmo, sino el intento de enseñarle que ninguna relación puede sustituir el respeto y el cuidado de una misma, ni convertirse en el único lugar del que dependa el propio valor.
«Lo que más orgullo me produce es haber enseñado a mi hija a quererse, porque es algo que yo no había aprendido de niña».
Dora le ha devuelto, a su vez, una forma distinta de fuerza y la ha acercado incluso a un mundo que durante su infancia detestaba: el fútbol. En su casa, los partidos imponían silencio justo cuando regresaba de las clases de danza, mientras que hoy acompaña la pasión de su hija y le recuerda lo afortunada que es por poder crecer viendo a futbolistas que María, de niña, nunca pudo tener como referentes. El fútbol femenino se convierte así en otro ejemplo concreto de la fuerza de la representación: no basta con poder practicar una actividad, también es necesario ver a alguien parecido a una misma ocupar ese espacio y hacerlo imaginable.
Jimena, una mujer que vivió la vida que los demás esperaban de ella

Cuando Entrevías llega a su vida, María Molins todavía no puede saber que Jimena le ofrecerá uno de los arcos narrativos más complejos de la serie. La audición nace casi por casualidad, a través de un self tape grabado después de un día de playa, con el pelo todavía despeinado y una amiga encargada de darle las réplicas de Tirso. Es una anécdota que la divierte, sobre todo al pensar en todas las veces en que había invertido tiempo y dinero para construir pruebas técnicamente perfectas; precisamente aquella más espontánea, carente de preparación y artificio, le entrega el personaje que llevaría su rostro ante un público internacional.
En la primera temporada Jimena ocupa un espacio más lateral en la narración y está definida sobre todo por el fracaso de su papel como madre y por la difícil relación con su padre. Será el encuentro con Amanda el que saque a la superficie aquello que el personaje nunca había conseguido comprender de sí misma, transformando a una mujer aparentemente distante y privilegiada en una figura atravesada por el miedo al abandono, la necesidad de aprobación y una identidad construida para corresponder a las expectativas ajenas.
El punto de inflexión aparece en una escena en la que Jimena, después de beber, confiesa a Amanda que siente que su marido, su hija y su padre la odian. Amanda consigue, sin embargo, quebrar aquella desesperación con una frase sencilla y decisiva: «Ahora tienes toda la casa para ti». Al volver a escuchar ese diálogo durante nuestra conversación, María capta un significado que va más allá de las palabras escritas: «Cuando Amanda le dice que tiene toda la casa para ella, en realidad le está diciendo que se tiene a sí misma. Tu casa eres tú. Estás sola, pero te tienes a ti misma».
Es en ese momento, según María, cuando Jimena empieza realmente a preguntarse quién es, qué desea y cuánto de lo que ha construido corresponde a una elección auténtica. Amanda se convierte en la primera persona capaz de quitarle la venda de los ojos, sin protegerla de la verdad, pero permitiéndole sostener su dolor. De ahí nace también la manera en que Jimena empieza a mirarla: no solo como una mujer a la que desear, sino como alguien ante quien puede por fin dejar de representar a la hija, la madre y la esposa que cree que debe ser.
Amanda y Jimena: el amor como lugar de la verdad

María Molins e Itziar Atienza no sabían que sus personajes vivirían una historia de amor. Cuando los guionistas les comunicaron la evolución de la trama, la sorpresa dejó pronto paso a una construcción casi instintiva, basada más en la escucha mutua que en una preparación acordada. María describe a Itziar como una actriz dotada de una verdad muy natural, capaz de conducir su emotividad hacia una dimensión más cotidiana, menos construida, en la que las miradas y las pausas podían contar tanto como las palabras.
No fueron necesarios muchos ejercicios ni ensayos, porque la relación se desarrolló ante la cámara a través de la sintonía entre las dos intérpretes. «Nos encontramos construyendo a los personajes mirándonos y, a través de ellos, enamorándonos profundamente», cuenta María, dejando claro que la credibilidad de Amanda y Jimena nace, ante todo, de la disposición a escuchar lo que la otra aportaba a la escena.
La fuerza de esta historia no reside únicamente en situar en el centro el amor entre dos mujeres, sino en la decisión de contar el descubrimiento de una misma en la edad adulta. Amanda ya conoce su propia identidad, mientras que Jimena ha pasado gran parte de su vida tratando de no reconocerla, siguiendo el camino que la familia y la sociedad parecían haber trazado para ella. Cuando le dice a su hija que tuvo tanto miedo que eligió lo que los demás esperaban, no está hablando exclusivamente de su orientación sexual, sino del precio que paga quien renuncia a su propia verdad para no ser abandonado.
María reconstruye el personaje partiendo precisamente de la ausencia de la madre y de la relación con un padre autoritario: Jimena aprende muy pronto que, para ser amada, debe convertirse en la mujer, la hija y la madre perfectas, sin darse cuenta de que esa obediencia la vuelve incapaz de serlo de verdad. «Hago lo que los demás esperan de mí, porque así no me abandonarán», es la lógica profunda que la actriz identifica en su comportamiento. Sin embargo, esa misma estrategia la aleja de su hija y la encierra en un matrimonio que no representa lo que siente.
«El camino elegido por los demás es siempre el peor, porque al final no has decidido tú: han decidido la sociedad, la familia y lo que esperaban de ti».
El coming out se convierte así en solo una parte de una transformación más amplia. Jimena no confiesa a su hija una verdad separada del resto de su vida, sino que le explica que no había sido una buena madre porque nunca se había permitido ser ella misma. A partir de esa sinceridad, las dos mujeres pueden por fin reconstruir su relación, mientras también empiezan a cambiar los vínculos con su padre, su hermano y las demás personas que la rodean.
«Cuando tienes el valor de ser realmente quien eres, es entonces cuando la vida empieza a encontrar su lugar».
Uno de los legados más bonitos de Entrevías es el vínculo que continúa uniendo a sus protagonistas también lejos del set. La reciente reunión del reparto, compartida por María Molins en las redes sociales, cuenta mejor que cualquier palabra el placer de volver a encontrarse juntos, como una auténtica familia.
Tirso y el viaje de la intolerancia a la apertura

El conflicto con Tirso completa el recorrido de Jimena y, al mismo tiempo, el significado más profundo de Entrevías. Tirso es un padre duro, conservador, acostumbrado a transformar el miedo en control y el control en autoridad; al comienzo de la serie arrastra prejuicios racistas y homófobos, considera la diversidad una amenaza y tiene dificultades para aceptar todo aquello que escapa a su idea de orden. Cuando su hija le dice que ama a una mujer, el silencio que sigue contiene el dolor de quien se da cuenta de que la persona que tiene delante no corresponde a la imagen que había construido.
María no reduce a Tirso a un antagonista, sino que reconoce el valor de su evolución, lenta y difícil. El amor por su hija y por su nieta, junto con su relación con Gladys, va resquebrajando progresivamente la rigidez del personaje y lo obliga a enfrentarse a seres humanos que sus prejuicios le impedían ver. Precisamente por ello considera Entrevías una serie todavía extremadamente actual: su protagonista realiza un viaje desde el cierre hacia la tolerancia, desde la negación hacia la disposición a comprender, mostrando que el cambio es posible incluso cuando parece improbable.
La presencia de Gladys, mujer cubana y migrante obligada a trabajar duramente para mantener a su hijo, amplía todavía más la mirada de la serie hacia las personas situadas en los márgenes por su origen, clase social, lengua o situación económica. Según María, es precisamente esta capacidad de contar a colectivos vulnerables sin renunciar a las contradicciones de los personajes lo que ha permitido que una historia tan local sea comprendida en países muy distintos. Italia y España, recuerda, fueron durante mucho tiempo tierras de emigración y deberían reconocer en esas experiencias algo de su propia memoria colectiva.
La diversidad no es una amenaza
El tema de la inclusión no queda confinado a Entrevías, porque atraviesa toda la manera en que María Molins observa el presente. Durante nuestra conversación habla del miedo que muchas personas sienten hacia aquello que consideran diferente y confiesa que no logra comprender el odio dirigido contra grupos enteros de seres humanos, sobre todo cuando se trata de personas que ya han sufrido para reconocer y poder expresar su propia identidad.
La diversidad, por el contrario, despierta en ella curiosidad y deseo de acercarse. Cuando le contamos el proyecto de BGTalks sobre las mujeres trans sudamericanas de Torvaianica, ayudadas durante la pandemia y posteriormente recibidas en el Vaticano por el papa Francisco, María recuerda el mensaje de apertura expresado por el pontífice hacia las personas trans y se pregunta cómo es posible que un papa haya demostrado semejante capacidad de acogida mientras tantas personas continúan odiando a quienes perciben como diferentes.
«La diversidad no es una amenaza, es una riqueza».
Para María, el arte representa uno de los antídotos más eficaces contra la ignorancia y el miedo. Leer, ir al teatro, ver películas o interpretar a un personaje trans, no binario, migrante o simplemente alejado de la propia experiencia obliga a reconocer aquello que une a todos los seres humanos. Nuestra permanencia en la Tierra es breve, observa, y en ese tiempo intentar comprender a los demás, hacerse preguntas y amar el arte son algunas de las pocas cosas capaces de salvarnos.
La representación actúa incluso cuando no somos conscientes de ello: una historia de ficción, un cuadro o una música pueden desplazar nuestra mirada y conducirnos hacia pensamientos más abiertos que los producidos por la simple rutina cotidiana. María añade después un gesto aparentemente pequeño, pero para ella profundamente político: mirar a las personas por la calle y sonreír. La sonrisa auténtica se transmite, modifica la relación con quien encontramos y nos recuerda que la empatía puede comenzar también sin grandes discursos, a través de una disponibilidad mínima pero concreta hacia el otro.
La verdad que hace nacer también la comedia
La misma búsqueda de la verdad guía su trabajo con Itziar Atienza en las escenas más queridas por el público. María recuerda con especial cariño el momento en que Jimena, borracha, empieza a dejar caer sus máscaras delante de Amanda, pero reconoce también la fuerza de la célebre escena ambientada en la comisaría, en la que Amanda estalla de rabia después de sentirse decepcionada por su pareja. En el set, las dos actrices no pensaban que estuvieran interpretando una secuencia cómica: María entraba en la escena con la certeza de haber decepcionado a la persona amada, mientras que Itziar construía una rabia casi incontrolable.
Sin embargo, precisamente aquella verdad emocional generó un efecto inesperado, amplificado por las miradas de los policías y por el comentario recurrente de Ezequiel —«Mi madre querida», como lo recuerda María—, transformando una discusión dolorosa en uno de los momentos más divertidos de la pareja. «Cuando haces una escena desde la verdad, puede nacer la comedia», observa María, recordando también la dificultad de mantener las lágrimas durante los distintos planos y la necesidad, siempre que sea posible, de rodar los primeros planos mientras la emoción todavía está viva.
Es un detalle técnico que revela una vez más su manera de entender la interpretación: el efecto no se construye buscándolo directamente, sino permitiendo que el personaje viva con autenticidad lo que está sucediendo. La risa del público no nace de la voluntad de las actrices de resultar divertidas, sino de la distancia entre la absoluta seriedad con la que Amanda y Jimena afrontan el conflicto y la mirada externa de quienes asisten a la escena.
Nuevas historias, nuevos personajes que comprender
Cuando le preguntamos qué proyectos la esperan, le recordamos una expresión que María había utilizado para definirse: un culo inquieto, una persona incapaz de permanecer demasiado tiempo quieta. Nos adelanta que está trabajando en Göteborg, un espectáculo que espera pueda llegar también a Madrid en versión castellana, y que ha empezado a trabajar en una nueva serie catalana, cuyo título todavía no puede revelar, en la que interpreta a una mujer conservadora, de derechas y practicante. Más adelante, nos cuenta, la espera también un nuevo proyecto teatral en el Teatro Goya: adelantos confiados a nuestra conversación, a la espera de los anuncios oficiales, que confirman su voluntad de seguir moviéndose entre la televisión y el escenario con la misma curiosidad que acompaña toda su carrera.
No es la semejanza con un personaje lo que lo hace interesante, sino la distancia que hay que recorrer. Incluso una mujer conservadora puede convertirse en la oportunidad de preguntarse por las razones, los miedos y las experiencias que han construido determinada manera de mirar el mundo. En el fondo, esta es la promesa que María Molins renueva cada vez que acepta un papel: no juzgarlo desde fuera, sino intentar comprenderlo lo suficiente como para devolverle una verdad humana.
Reencontrar a la niña escondida
Al final de nuestra conversación volvemos a la niña de la que todo había partido, aquella que levantaba los brazos frente a El lago de los cisnes, jugaba bajo el piano y buscaba en el arte una forma todavía indefinida para expresar lo que sentía. Le preguntamos cuánto de aquella niña sigue viviendo en la mujer y en la actriz de hoy, y María responde que reencontrarla ha sido uno de los trabajos más importantes de su vida.
Para una actriz, mantener viva su parte infantil significa conservar la capacidad de jugar, reír, llorar y enfadarse sin sentirse juzgada. La risa espontánea, explica, es la expresión más pura de aquella niña, pero también lo son todas las emociones vividas libremente, sin el control que los adultos aprenden a imponerse. María cuenta que atravesó un periodo en el que esa parte de sí misma se había vuelto difícil de encontrar, escondida bajo las responsabilidades, los miedos y las exigencias de la vida, y que aprendió lentamente a construir con ella un diálogo más fluido.
«He aprendido a hacer de madre para ella, a acariciarla y consolarla. Durante un tiempo no conseguía encontrarla, porque estaba muy escondida; hoy, en cambio, la busco cada vez más».
Quizá sea precisamente aquí donde el recorrido personal de María Molins se encuentra de la manera más profunda con el de Jimena. Ambas han tenido que liberarse de una identidad construida a través de las expectativas, reconocer sus heridas y comprender que ningún lugar externo puede ofrecer una seguridad definitiva cuando todavía no hemos aprendido a habitarnos a nosotros mismos. La danza, la interpretación, la maternidad y los personajes no son capítulos separados, sino partes de un mismo viaje hacia una forma más consciente de libertad.
Tu casa eres tú no es únicamente una lectura especialmente intensa de una escena de Entrevías. Es también la síntesis de lo que María Molins parece haber aprendido a través del arte y de la vida: podemos perdernos, cambiar de camino, atravesar muchas identidades y volver a empezar varias veces, pero la libertad solo se hace posible cuando encontramos el valor de regresar a nosotros mismos y cuidar a la persona que encontramos en nuestro interior.
La entrevista de María Molins también está disponible en el canal de Spotify de BGTalks