Ágata y Lola, las protagonistas del crime español que cuenta la diferencia como otra forma de mirar el mundo

Eva Martín y Mireia Oriol encabezan la adaptación española de la franco-belga Astrid et Raphaëlle, ambientada en Vigo y construida alrededor del encuentro entre una inspectora impulsiva y una brillante documentalista dentro del espectro autista. Pero detrás de los casos por resolver hay, sobre todo, una historia sobre el talento, el diagnóstico, el derecho a ser diferentes y la capacidad de aprender a mirar de verdad a quien tenemos delante.

El artículo contiene spoilers de la primera temporada.

Ágata y Lola, adaptación española de Astrid et Raphaëlle, producida por Atresmedia en colaboración con Portocabo.

«Todo lo distinto nos parece sospechoso». Lola pronuncia esta frase en el segundo episodio de Ágata y Lola y bastan unas pocas palabras para resumir uno de los significados más profundos de la serie. Porque detrás de los asesinatos, los interrogatorios, las pistas y los misterios que atraviesan sus ocho episodios está, sobre todo, el encuentro entre dos mujeres que observan el mundo de una manera profundamente diferente y que, en lugar de pedirle a la otra que cambie, aprenden poco a poco a conocer el funcionamiento, las necesidades y también el valor de esa diferencia.

Lola Castro, interpretada por Eva Martín, dirige el Grupo de Homicidios de la Policía Judicial de Vigo y es instintiva, empática, caótica, impulsiva, dispuesta a ignorar una norma cuando considera que esa norma le impide hacer lo correcto; Ágata Díaz, interpretada por Mireia Oriol, organiza en cambio la realidad a través de la precisión, la memoria, la lógica, la rutina y la necesidad de previsibilidad. Oriol, a quien ya hemos visto en producciones como Alma, Las del hockey y El pacto, construye aquí un personaje muy distinto, contenido y minucioso. Dos polos aparentemente incompatibles que podrían haber alimentado simplemente otro procedural basado en la extraña pareja de investigadoras y que, en cambio, se convierten en el punto de partida para preguntarse quién establece cuál es la forma «correcta» de trabajar, comunicarse y relacionarse con los demás.Concluida ya la primera temporada en atresplayer, también es un buen momento para mirar Ágata y Lola más allá del mecanismo del caso de la semana y reconocer aquello que hace que la serie resulte más interesante que su simple premisa criminal. Empezando por algo tan sencillo como todavía poco habitual: ver a dos mujeres ocupar por completo el centro del relato, ambas competentes y complejas, sin que ninguna de ellas exista en función de un protagonista masculino. A su alrededor hay compañeros, superiores, padres, exmaridos y posibles relaciones sentimentales, pero la historia que mantiene unido todo sigue siendo la que construyen Ágata y Lola, dos mujeres que aprenden a confiar la una en la otra y a reconocer el valor de aquello que al principio no comprenden.

De Astrid y Raphaëlle a Ágata y Lola

El origen de la serie es francés. Ágata y Lola es, de hecho, la adaptación española de Astrid et Raphaëlle, ficción franco-belga creada por Alexandre de Seguins y Laurent Burtin y construida alrededor de Astrid Nielsen, documentalista del archivo judicial dentro del espectro autista interpretada por Sara Mortensen, y Raphaëlle Coste, policía intuitiva y poco convencional a quien da vida Lola Dewaere. Es Raphaëlle quien comprende que el extraordinario conocimiento de los archivos y la capacidad de Astrid para establecer conexiones entre informaciones aparentemente lejanas pueden resultar decisivos en las investigaciones, dando origen a una colaboración que progresivamente supera lo estrictamente profesional.

De la misma matriz nació también la serie británica Patience, pero la versión española no deriva de la inglesa: es otra adaptación del formato francés, como ha recordado también Eva Martín al hablar de la nueva ficción y de sus diferentes versiones. La estructura de partida sigue siendo reconocible, pero el relato encuentra una identidad propia sobre todo al elegir Vigo y Galicia en lugar de una de las grandes capitales televisivas españolas.

Producida por Atresmedia en colaboración con PortocaboÁgata y Lola está formada por ocho episodios de unos cincuenta minutos, con Montse García y Alfonso Blanco en la producción ejecutiva y María Togores y Oriol Ferrer en la dirección, tal y como confirman los créditos oficiales difundidos por Atresmedia. La adaptación española lleva además, entre sus principales firmas, las de Alfonso Blanco, Carlota Dans y Nina Hernández, mientras que a lo largo de los episodios participan también otros guionistas.

El rodaje se llevó a cabo íntegramente en Vigo y sus alrededores, convirtiendo las calles, los paisajes costeros, los bosques, los acantilados y la arquitectura de la ciudad en algo más que un simple fondo. La luz atlántica y los exteriores contribuyen además a alejar la serie de la estética permanentemente oscura de buena parte del crime contemporáneo, apoyando un tono en el que la tensión de las investigaciones convive con la ironía, la vida cotidiana y, sobre todo, la creciente complicidad entre las protagonistas.

Ágata y un diagnóstico que permite releer el pasado

Mireia Oriol interpreta a Ágata Díaz, brillante documentalista del archivo de la Policía Judicial de Vigo, dentro del espectro autista. Foto: Atresmedia / atresplayer – Jaime Olmedo.

Ágata no había imaginado su futuro dentro de un archivo. Desde niña devora las novelas de Agatha Christie y sueña con seguir los pasos de su padre, un prestigioso inspector de la Policía Judicial; entra en la academia, obtiene el mejor resultado de su promoción y parece tener por delante una carrera ya definida, hasta que durante su primera intervención operativa se bloquea. Es después de aquella experiencia cuando inicia un proceso terapéutico y llega el diagnóstico de autismo, mientras que profesionalmente es trasladada al archivo policial, un entorno más tranquilo y previsible en el que puede seguir desarrollando su extraordinaria capacidad para analizar y relacionar información. Esta parte del pasado del personaje también aparece reconstruida en la presentación oficial de Ágata realizada por Atresmedia.

Lo más importante no es el diagnóstico utilizado como explicación definitiva del personaje, sino lo que ese diagnóstico permite a Ágata comprender de su propia historia. No la transforma en otra persona: le ofrece una clave para leer de otra manera a quien siempre ha sido, incluidos comportamientos y dificultades que hasta entonces podían haber sido interpretados únicamente como límites o fracasos.

Es aquí donde la ficción entra en contacto con una cuestión real especialmente relevante para las mujeres. Autismo España señala que en niñas y mujeres la confirmación diagnóstica puede llegar más tarde y que pueden producirse diagnósticos previos equivocados, con el consiguiente riesgo de retrasar el acceso a los apoyos adecuados. Contarlo a través de una protagonista adulta hace que la historia de Ágata resulte especialmente significativa, porque desplaza la atención desde la idea de una condición que hay que “superar” hacia la posibilidad de conocerse mejor, identificar las propias necesidades y encontrar un contexto en el que las diferencias no sean consideradas automáticamente algo que debe corregirse.

La serie utiliza inevitablemente también las capacidades de Ágata como recurso narrativo, convirtiendo la memoria, la precisión y la atención a los detalles en herramientas valiosas para resolver los casos, por lo que el riesgo del estereotipo del “genio autista” sigue estando presente. Sin embargo, los momentos más convincentes son precisamente aquellos en los que Ágata y Lola se aleja de la excepcionalidad investigadora y deja emerger a la persona: la necesidad de planificar, la dificultad para manejar determinados códigos sociales, el malestar ante ciertos estímulos o el contacto físico, pero también la ironía, la curiosidad, el deseo, el afecto y la posibilidad de equivocarse.

Lola ve primero el talento

Ágata y Lola fuera del archivo y de las oficinas: la relación entre las dos protagonistas crece también en los momentos en los que el trabajo deja espacio al conocimiento mutuo. Foto: Atresmedia / atresplayer – Jaime Olmedo.

Es Lola quien rompe el equilibrio en el que Ágata se había refugiado. Al llegar al archivo buscando información para un caso, se encuentra con una mujer que ya ha identificado conexiones que habían pasado desapercibidas para los investigadores y comprende inmediatamente que esa capacidad está desaprovechada entre los expedientes. Su reacción es importante porque no nace de la compasión ni de la voluntad de demostrar lo inclusiva que es: Lola, sencillamente, ve a una persona muy buena en su trabajo y la quiere a su lado.

Atresmedia resumió desde el principio esta dinámica con una frase inequívoca: «La quiero en mi equipo». A partir de ese momento, la inspectora empieza a implicar a Ágata en las investigaciones y posteriormente intenta hacer oficial esa colaboración, enfrentándose a la burocracia, a las reticencias y al temor de sus superiores de que la condición de la joven pueda convertirse en un problema.

Lola no ofrece a Ágata un puesto porque quiera protegerla: lucha para que pueda tenerlo porque reconoce su valor profesional. Probablemente sea aquí donde el tema de la inclusión funciona mejor, precisamente porque deja de ser un gesto caritativo y se convierte en reconocimiento de la competencia.

Naturalmente, Lola no lo comprende todo de inmediato. Es impulsiva, puede invadir el espacio de Ágata, infravalorar la dificultad que supone un cambio imprevisto o utilizar inconscientemente su propia forma de comunicarse como parámetro universal, pero está dispuesta a observar, escuchar y corregirse, y esa disposición acaba siendo progresivamente más importante que cualquier conocimiento teórico sobre el autismo.

Cuando Ágata habla de ella con Celia la describe como «desordenada, caótica, imprevisible», pero admite que le cae bien porque es amable y porque no se ofende cuando ella dice cosas honestas. Es una escena pequeña, pero explica muy bien el cambio que se está produciendo: Ágata no está aprendiendo que el caos sea preferible al orden, sino que una persona imprevisible puede convertirse igualmente en una presencia fiable.

Mireia Oriol, más allá del estereotipo

Ágata pone su memoria, precisión y capacidad para conectar información al servicio de las investigaciones. Foto: Atresmedia / atresplayer – Jaime Olmedo.

La tarea más delicada recae inevitablemente en Mireia Oriol, encargada de construir a Ágata sin convertirla en la suma de unos pocos comportamientos inmediatamente reconocibles. La actriz ha contado que se preparó leyendo, viendo otras representaciones de la neurodivergencia y, sobre todo, hablando directamente con profesionales y personas dentro del espectro gracias a Aprenem Autisme en Barcelona y Fundación Menela en Vigo. En una entrevista con Europa Press dedicada a la construcción del personaje explicó que uno de los riesgos que quería evitar era precisamente una representación robótica de la persona autista, inteligente pero desconectada emocionalmente.

Oriol, ya protagonista de la serie de Netflix Alma, había abordado poco antes un personaje completamente diferente en Soy Nevenka, de Icíar Bollaín, interpretando a Nevenka Fernández, la joven concejala que denunció por acoso al alcalde de Ponferrada. Ágata confirma una capacidad interpretativa que trabaja especialmente bien sobre las contradicciones: vulnerabilidad y determinación, rigidez y curiosidad, necesidad de seguridad y deseo de experimentar algo que no conoce.

Su interpretación resulta más eficaz cuando no intenta “mostrar” constantemente el autismo, sino que deja que este emerja a través de los detalles, en los tiempos de respuesta, en la postura, en la franqueza con la que puede pronunciar una frase sin prever su efecto, en su relación con los imprevistos o en la incertidumbre ante una emoción nueva. Ágata es autista, pero no es solamente “el personaje autista” de la serie, y esa diferencia es esencial.

Junto a ella aparece Celia Freijeiro, conocida también por Seis hermanas y Servir y proteger, que interpreta a Celia, coordinadora de las sesiones a las que acude Ágata y convertida con el tiempo también en amiga y figura de referencia. La propia Freijeiro la presenta como «la coordinadora de la terapia de Ágata». Celia también está dentro del espectro y, sin ocupar demasiado espacio en la narración, su presencia contribuye a recordar que no existe una única manera de ser autista.

Mateo, cuando conocer a Ágata significa conocer mejor también a su propio hijo

Entre las líneas secundarias, una de las más bonitas es, desgraciadamente, también una de las menos desarrolladas: la relación entre Ágata y Mateo, el hijo de Lola interpretado por André Freiría. Mateo tiene diez años, es inteligente, responsable, mucho más ordenado que su madre y encuentra mayores dificultades en la relación con los niños de su edad, mientras que con Ágata surge casi inmediatamente una sintonía sencilla y natural. La presentación oficial del personaje de Mateo destaca precisamente esa facilidad en el trato con los adultos y la especial conexión que establece con Ágata.

Sin embargo, la parte más interesante de esta relación tiene que ver con Lola. Mientras aprende a conocer a Ágata, empieza también a observar con una conciencia diferente determinados comportamientos y necesidades de su hijo, hasta preguntarse si Mateo podría estar también dentro del espectro. Al aprender a conocer a Ágata, Lola empieza así a conocer mejor también al niño que, naturalmente, creía conocer ya.

No se trata de superponer a Ágata y Mateo ni de sugerir que unas determinadas características basten para llegar automáticamente a un diagnóstico, sino de contar algo mucho más sencillo: conocer de verdad a una persona puede ofrecernos nuevas herramientas para leer a quienes siempre han estado a nuestro lado. En este sentido, Ágata modifica a Lola mucho más allá del trabajo, porque también cambia la forma en que mira a su hijo y la ayuda a preguntarse no qué puede haber de “equivocado” en Mateo, sino cuáles pueden ser sus necesidades y cómo entenderlas mejor.

Es una lástima que la primera temporada mantenga esta conexión principalmente en segundo plano, porque la relación entre Ágata y Mateo podría haberse convertido en una de las líneas emocionales más ricas de la serie. Incluso con los pocos momentos que se les conceden, sin embargo, contiene uno de los mensajes más interesantes de Ágata y Lola: conocer de cerca una realidad diferente de la nuestra puede modificar también la forma en que observamos a las personas que creíamos conocer perfectamente.

Eva Martín, de la marquesa Cruz a Lola

Eva Martín es Lola Castro, inspectora al frente del Grupo de Homicidios de la Policía Judicial de Vigo. Foto: Atresmedia / atresplayer – Jaime Olmedo.

Si Mireia Oriol tiene que construir un personaje nuevo para buena parte del público, Eva Martín llega en cambio con un rostro que en Italia ya es inmediatamente reconocible: el de Cruz Ezquerdo, la marquesa de Luján de La Promesa. Precisamente por eso, Lola representa un cambio de registro especialmente interesante. Cruz ejerce el poder a través del control, la jerarquía y la manipulación; Lola también posee autoridad, pero la construye principalmente a través de la intuición, la empatía y la capacidad de confiar en las personas.

Es una mujer desordenada en la vida cotidiana, separada, a menudo menos organizada que su hijo, pero profesionalmente brillante, capaz de dirigir a un equipo sin necesidad de recordar continuamente a los demás que es la jefa. La propia Martín, al hablar del paso de La Promesa a Ágata y Lola, encontró una curiosa similitud entre ambos personajes: las dos se saltan las reglas. La diferencia está en la razón por la que lo hacen, porque Lola las rompe por lo que considera el bien común, mientras que Cruz lo hace para protegerse a sí misma y su propio mundo.

El contraste resulta especialmente eficaz para quienes han seguido a Martín durante cientos de episodios como la marquesa, aunque su carrera comprende naturalmente mucho más, desde Mar de plástico y Servir y proteger hasta El embarcaderoMerlí: Sapere AudeValeriaDesaparecidos y Galgos. Lola le permite, sin embargo, mostrar un registro más cálido, espontáneo e irónico, manteniendo al mismo tiempo esa capacidad para ocupar la escena que convirtió a Cruz en uno de los personajes más fuertes de La Promesa.

Y, sobre todo, permite a la actriz construir una forma completamente distinta de liderazgo femenino. Lola es la jefa, pero sabe reconocer cuándo alguien ve algo que a ella se le ha escapado; es la guía profesional de Ágata, pero al mismo tiempo aprende de ella; le abre una puerta que parecía definitivamente cerrada, pero acabará recibiendo de esa relación herramientas que también le servirán como madre.

El padre de Lola y un equipo construido alrededor de las protagonistas

Nancho Novo interpreta a Mariano Castro, padre de Lola y respetado juez de Vigo, con quien su hija mantiene una relación difícil. Foto: Atresmedia / atresplayer – Jaime Olmedo.

El séptimo episodio permite conocer algo más de la historia personal de Lola con la llegada de Nancho Novo, que interpreta a Mariano Castro, su padre, un respetado juez de Vigo con quien mantiene una relación complicada. Mariano no apoyó la decisión de su hija de convertirse en policía, como explicó el propio Nancho Novo al presentar al personaje.

El detalle añade un matiz interesante: la mujer que hoy defiende el derecho de Ágata a encontrar su propio lugar fue, a su vez, una joven obligada a elegir un camino distinto del que otra persona habría imaginado para ella. Quien la animó entonces fue Nico, amigo y compañero desde hace años, con una frase que Lola todavía recuerda: «No tenemos que dejar que otros decidan por nosotros».

Alrededor de las protagonistas se mueve además un equipo en el que encontramos a Antonio Garrido como Nico, inspector y amigo histórico de Lola; Francis Lorenzo como Barreiro, comisario y superior directo de la inspectora; Monti Castiñeiras como Salgado, comisario y viejo amigo del padre de Ágata; Eva Fernández como Pilar, médico forense del equipo; Darío Loureiro como Elías, miembro de la científica que también muestra interés por Ágata; Miguel Canalejo como Jacobo y Sara Sanz como Noa, ambos dentro de la brigada de Lola; mientras que Xosé A. Touriñán interpreta a Óscar, exmarido de Lola y padre de Mateo. Los papeles y las relaciones entre los personajes aparecen descritos en la guía oficial del reparto publicada por Atresmedia.

El formato procedimental permite además incluir colaboraciones episódicas de rostros muy conocidos de la ficción española, entre ellos Nancho Novo, Juanjo Puigcorbé, Berta Vázquez, Mariano Peña, Javier Collado, Antonio Molero, Manu Baqueiro y Xoán Fórneas, sin desplazar nunca el verdadero centro de gravedad de la historia: incluso con un reparto coral y numerosas estrellas invitadas, Ágata y Lola siguen siendo siempre el auténtico motor de la serie.

No es Ágata quien tiene que convertirse en alguien como los demás

Mireia Oriol y Eva Martín en los papeles de Ágata y Lola, dos mujeres opuestas por carácter y forma de ver el mundo que aprenden progresivamente a confiar la una en la otra. Foto: Atresmedia / atresplayer – Jaime Olmedo.

La transformación más importante de la primera temporada no consiste en ver cómo Ágata se vuelve progresivamente más parecida a sus compañeros, sino en observar cómo también quienes la rodean aprenden a trabajar con ella. Lola empieza a comprender cuándo puede insistir y cuándo debe detenerse, los compañeros aprenden a interpretar reacciones que al principio resultaban incomprensibles y la propia presencia de Ágata obliga al entorno profesional a cuestionar algunas convicciones que se daban por sentadas.

La inclusión no consiste en hacer a Ágata más parecida a los demás, sino en crear un entorno en el que no tenga que fingir continuamente que lo es.

Naturalmente, Ágata también cambia. Gana seguridad, experimenta situaciones que antes habría evitado, construye nuevas relaciones y permite que algunas personas entren poco a poco en su espacio, pero sin que la serie presente esta evolución como una curación ni como la superación del autismo. Uno de los símbolos más delicados es precisamente su relación con el contacto físico: en el séptimo episodio, Lola le dice «Eres muy lista. Ahora mismo te abrazaría» y la idea del abrazo incomoda visiblemente a Ágata; en el último episodio será primero Lola quien la abrace mientras le pide perdón y después Ágata quien decida abrazarla a ella.

El valor de este recorrido no está en sugerir que Ágata haya aprendido finalmente a disfrutar de los abrazos, sino en el hecho de que con esa persona concreta, en ese momento y en sus propios términos, elija voluntariamente un gesto que al principio de su relación habría vivido de una manera completamente distinta. Es confianza, no normalización.

Y quizá sea esta la razón por la que Ágata y Lola funciona mejor cuando deja de ser solamente un crime. Lola reconoce el talento de Ágata mientras otros ven sobre todo aquello que la hace diferente; Ágata descubre que el caos y la imprevisibilidad de Lola también pueden contener fiabilidad y seguridad; a través de Ágata, Lola aprende incluso a observar a su propio hijo con mayor atención. Dos mujeres conducen el relato sin ser el apéndice de nadie y construyen progresivamente una relación en la que ninguna necesita parecerse a la otra para ser reconocida.

Queda entonces una pregunta que va mucho más allá de los asesinatos y las pistas de la serie: ¿cuánto talento perdemos cuando decidimos que existe una única forma correcta de trabajar, comunicarnos, socializar o estar en el mundo? ¿Y cuánto puede cambiar una persona cuando encuentra a alguien que, antes de preguntarse por qué es diferente, se detiene el tiempo suficiente para darse cuenta de lo que sabe hacer?

Por ahora, Ágata y Lola ya han conquistado su espacio en España. Solo queda esperar que podamos conocerlas pronto también en Italia, donde Eva Martín ya cuenta con el cariño del público de La Promesa y donde una serie capaz de unir crime, dos protagonistas femeninas tan distintas y una reflexión nunca simplista sobre la neurodivergencia tendría, sin duda, mucho que contar.

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